Historia de una mudanza

Hace un año y medio ayudé a mi amiga Mónica en una mudanza. En algunas de las cajas guardamos todo el rencor, en otras metimos la desesperación y la frustración y en una muy grande, en la que ponía “frágil”, metimos todas las expectativas que se había generado durante los nueve años de relación con Mario. Os aseguro que todas las cajas eran muy pesadas. Lo subimos todo a la furgo que alquilamos y lo llevamos a casa de sus padres. Allí las guardó, hasta hace unos días, en el armario de su habitación. No vaya a ser que se le pierda todo lo que ha acumulado estos años.

Ella se marchó a casa de sus padres de manera temporal. Pensaba que serían solo unas semanas y al final pasó un año y medio. Quiso haber cortado todo con Mario, pero había algo que compartían y que les tendrían unidos el resto de sus vidas porque ninguno quería hacerse cargo por completo y no habían encontrado a nadie que se lo quisiera quedar: su piso. El piso que había dejado fue algo que compraron juntos y aún tenían una hipoteca para los próximos treinta y cinco años. Iban a seguir en contacto durante mucho tiempo.

Por aquel entonces Mónica me dijo que no entendía nada, que no era justo ni tenía sentido lo que le estaba pasando. Todo iba según como debía ser. Tuvo algunos rolletes de adolescente y luego conoció a Mario durante la universidad. Desde que terminaron la carrera y consiguieron su primer trabajo todo lo que habían hecho era para el piso y su vida  en pareja, como es lo normal, según ella, claro.

Ella quería tener hijos lo antes posible. Al poco de mudarse con Mario, su amiga María tuvo a su primer hijo y no quería que se llevara mucho con los suyos porque tenía que cumplir la promesa que se habían hecho de niñas. Cuando tenían 15 años soñaban con la idea de que sus hijos nacieran a la vez y fueran las mejores amigas del mundo, igual que ellas. El día de la mudanza de hace un año y medio su vida no era como la que ella se había imaginado, así que nos fuimos de copas.

-¿Y ahora qué? Esto no es lo que tenía que estar pasando. Tengo treinta años y tengo que ponerme a rehacer mi vida. Joder, ya no tengo tiempo para eso.

-No tienes que rehacer nada. La vida no se acaba a los treinta y no hay ninguna ley de la naturaleza que te impida conocer a alguien y tener hijos, si eso es lo que quieres realmente, claro. Tu vida ni se ha acabado ni nada por el estilo, simplemente está yendo por un camino que no tenías previsto, pero depende de ti elegir por donde quieres probar a ir. Hay muchos años por delante para hacer muchas cosas. El qué hacer ya depende de ti.

-Treinta años, con una hipoteca y viviendo en casa de mis padres, ¿quién me va a querer?

Tenía la impresión de que estaba hablando al aire, pero bueno, esa noche ella invitaba a las copas. Así que ya que estaba seguí con la conversación/monólogo.

-¿Qué pasa, que con la hipoteca ya no puedes tener hijos? ¿Además de tu dinero el banco se quedó con tu fertilidad?

-¿De qué ha servido todo este tiempo? ¿De qué vale todo lo que he invertido?

Mónica creía que su vida había terminado. Pensaba que alguien le había hecho trampas y le había sacado del carril tan recto y lineal por el que había estado yendo toda su vida. Como no estaba pasando lo que ella había planeado y lo lógico que le correspondía a alguien de su edad, según ella, claro, se sentía como ese jugador al que le han echado del partido y no puede jugar más. Como si tuviera que ver ahora las cosas desde la grada mientras los demás seguían dentro del juego.

Pidió otro ron acompañado del recuerdo de todo lo que había dentro de las cajas de su armario y el resto de la noche la pasó regodeándose en lo cabreada, engañada y desorientada que se sentía. Esto último no sé si fue por su situación o por todas las copas que llevaba encima.

Pensaba que habían puesto su vida en pausa y ella quería continuar en el mismo punto donde lo había dejado aunque fuera con otra persona. Deseaba conocer a alguien, enamorarse y querer estar con él toda la vida sin pasar por el período de luto de su anterior relación. Algunas personas tienen por costumbre creer que una mancha quita otra mancha en lugar de limpiar la otra antes. Además, ella quería saber con certeza todo eso en la primera cita. Según Mónica, no podía permitirse perder otros nueve años ni tenía tiempo para más equivocaciones ni desengaños, como los llama ella, claro.

Después de aquella noche en la que nos fuimos de copas se puso a conocer a gente.

-El tiempo pasa muy deprisa y yo ya tengo una edad.- Decía todo el rato.

El tiempo lo pierde pensando en esas tonterías.

A regañadientes se instaló una app de ligar, porque no encontraba nadie con quien salir porque todas sus amigas ya tenían su vida hecha, como solía decir ella, y ya no necesitaban salir de fiesta para nada. No le gustaba ese método, no quería contar a sus hijos que la primera vez que había visto a su padre fue mientras esperaba el metro y miraba al móvil. Iba a las citas con desconfianza y siempre con sensación de que iba a encontrarse a un tarado y que le iban a hacer perder el tiempo. Así que nunca se relajaba y ponía pegas a todas las personas que conocía.

Hace cinco meses se enteró que Mario se iba a vivir con su nueva novia y ella se puso más nerviosa. Por alguna razón me dijo que él no podía ganarla. Todavía me preguntó en qué, ¿en firmar un contrato de alquiler?

Debía ser eso porque hace una semana la volví a ayudar en una mudanza. Se iba a vivir, esta vez de alquiler, con su nueva pareja a quien había conocido tres meses antes y de una forma adecuada, según ella, claro. Se lo había presentado una prima suya. Yo la notaba muy nerviosa y ella me decía que estaba muy a gusto con él y que para qué iba a esperar más tiempo, que a los treinta no se pueden vivir las relaciones igual que a los veinte.

Abrí la puerta de la furgo y cuando vi que allí seguían las cajas llenas de rencor, desesperación, frustración y expectativas, juraría que esta última era mucho más grande que la última vez que la vi, decidí guardarme el teléfono de la empresa de alquiler de furgos. Creo que a la tercera hacen descuento.

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