¿Tienes una relación de pareja o un agujero negro?

Me levanté con ganas de ir al gimnasio, ese día no tenía nada que hacer por la mañana, y decidí ir a sudar un poco. No suelo ir muy a menudo, pero pago religiosamente todos los meses no vaya a ser que quiera ir un día y no pueda ir.

Normalmente voy por la tarde, pero si puedo me gusta ir más por la mañana. Hay menos gente y no hay que hacer cola en las máquinas. Ese día me apetecía hacer bici.

Me coloqué mis cascos, para emocionarme con la música mientras hago el ejercicio, y puse en marcha el cronómetro. No llevaba ni quince segundos cuando noto que alguien me toca el brazo. Miro y me encuentro en la bici de al lado a Miguel, un amigo al que no veía desde hace meses. Estaba a menos de un metro de distancia y me costó unos segundos reconocerlo. Lo veía muy cambiado.

A Miguel le conozco desde hace tiempo, estuvimos juntos en clase de 2º de bachillerato y forma parte de mi grupo de amigos. Llevaba sin verle casi un año. Bueno ni yo ni mis amigos en general. El motivo de esto era alguien llamada Adriana.

Sí, Adriana, un nombre muy exótico ¿no? Recuerdo la noche que Miguel conoció a Adriana. Fue en un bar de Madrid un sábado que salimos todos. Empezaron a hablar y se marchó con ella de madrugada para no volver más. Ese es casi el último recuerdo que tengo de él.

Sé que con el tiempo a veces la memoria se distorsiona, pero yo juraría que Miguel estaba un poco más gordo y tenía una gran barba que cuidaba con mucho esmero. Ahora estaba muy delgado y totalmente afeitado, y no me refiero solo a la barba, tenía una camiseta de tirantes y su pecho, depilado, brillaba por el sudor. Además también se había depilado los brazos y piernas.

—Pareces otro, no te reconocía sin la barba — le dije únicamente, por no entrar en detalles del resto de sus pelos desaparecidos.

—Sí. —Fue su respuesta lacónica. —Me la quité hace tiempo.

Continuamos hablando un poco más y nos pusimos al día. Me dijo que había cambiado de trabajo porque quería un horario más estable, y que estaba pensando irse a vivir con Adriana.

Me alegré por él y le dije que nos teníamos que tomar una cerveza para celebrarlo. Él miró su reloj y me dijo que no tenía tiempo, que tenía que ir a buscar al curro a Adriana, que ya si eso otro día.

Unos días después mientras me tomaba algo con Víctor y Alex les conté mi encuentro con Miguel. Ninguno se podía creer lo del gimnasio y mucho menos lo de la barba. Es que era algo sagrado ¡si se la lavaba hasta con un champú especial y todo! Nos pusimos melancólicos y recordamos algunas historias de cuando Miguel se venía con nosotros.

Desde que empezó con ella nunca tenía tiempo para nada más. Ni siquiera en cumpleaños o viajes de verano. Siempre estaba ocupado y ya tenía un plan exclusivamente con Adriana. Más de una vez le dijimos que vinieran los dos, pero siempre había algún motivo por el que no podían.

No le volví a ver en meses. Fui unas pocas veces al gimnasio por la mañana pero no me lo encontré.

La siguiente vez que le vi, fue de casualidad y también me volvió a parecer otra persona. Estaba de regreso a casa y atajé por un parque cercano. Pasé junto un banco que hay un poco escondido entre los árboles y allí estaba él, con la cabeza agachada y llorando. Sí, llorando, allí solo. En esta ocasión tenía barba de unos días y una litrona en la mano. De la cual se había pinchado más de la mitad.

Le llamé y al verme le noté una mirada de vergüenza y me dijo que no pasaba nada. Imagino que tenía ganas de contárselo a alguien porque nada más decirme que no pasaba nada, me ofreció la litrona y me pidió que me sentara.

Me dijo que Adriana le había dejado hace más o menos un mes y medio. No le dio muchas explicaciones. Algo sobre que ya no sentía lo mismo y que necesitaban darse un tiempo. Esa gran frase que significa realmente: «Quiero romper pero no me atrevo por si me arrepiento dentro de unos días y así tengo el comodín de que realmente no lo habíamos dejado, sino que la relación estaba en pausa».

Le pregunté qué cómo no nos había dicho nada a nadie. Me dijo que cómo iba a hacerlo después de haber desaparecido tanto tiempo, que dudaba que alguno quisiera hablarle.

—No puedo vivir sin Adriana. ¿Cómo ha podido dejarme después de todo lo que he hecho por ella?

Yo iba a decirle algo pero fijó la mirada en el suelo y con la cerveza en la mano me empezó a decir, con una mezcla de pena y rabia, todo lo que había hecho por ella.

Ella le dijo que tenía que hacer algo de ejercicio y él se apuntó al gimnasio. Cuando hicieron un mes, lo que él llamo mesario, ella le regaló una camisa nueva. A él no le gusta llevar camisas, ni siquiera en el trabajo. Se la puso porque a ella le hacía ilusión y a partir de entonces ella le iba diciendo cómo tenía que vestir. Cada dos por tres le venía con algún regalo para el vestuario nuevo. Me dijo que al principio él se negaba, pero que ella se enfadaba y empezaba a decirle que él no la quería y que lo hiciera por ella. Luego él cedía y ella se ponía muy contenta.

—¡La veía tan feliz cada vez que me veía con la ropa que me compraba! Y mira que me regalaba cosas feas la hija de la gran puta. Pero tenía miedo de que me dejara si la hacía enfadar, no sabes tú que rebotes se pillaba si la decía a algo que no.

Os aseguro que toda la parrafada que me contó era tan bipolar. Por un momento hablaba de Adriana con todo el cariño del mundo y de repente parecía que hablaba del demonio.

Después del gimnasio llegó lo del cambio de trabajo, idea que le propuso ella, y luego la barba. Eso fue lo que más le dolió. Pasaron meses antes de que se la quitara, fue por lo único por lo que luchó un poco. Pero ella insistió e insistió… y él acabó cediendo por el mismo motivo. Si le decía que no ella se enfadaría y le dejaría. Y ahora de repente ella le dice que no siente lo mismo y que tiene que aclararse.

Miguel no sabía que pensar, se sentía otra persona. Se miró su ropa y me dijo que no le gustaba nada, pero que ahora mismo no tenía otra cosa en el armario que no fuera la ropa que le había regalado Adriana. Se sentía muy dolido y engañado, pero a la vez quería volver con Adriana. No podía pensar vivir sin ella. Llevaba un mes que no sabía que hacer, se sentía perdido y sentía que no era el mismo sin ella.

¡Normal! Este Miguel no era Miguel. Era alguien que Adriana había construido durante este tiempo y las baterías que daban energía a esta persona solo se las podía dar Adriana.Miguel empezó a volverse a venir con nosotros, pero no se recuperaba, se sentía muy mal y muy raro en cada momento. Su vida giraba en torno a Adriana y solo tenía planes con ella y ahora de repente le habían obligado a tener que vivir una vida diferente que él no quería ni se había planteado tener. Siempre pensaba que Adriana volvería. Se aferró a la frase «vamos a tomarnos un tiempo» varios meses. Se sentía perdido sin ella.

No volvió a su antiguo estilo de vida, con su ropa y su barba, por si Adriana llamaba alguna vez. A veces la odiaba porque pensaba que le había jodido la vida y otras la echaba de menos y decía que no podía seguir sin ella.

¿Le había jodido Adriana realmente la vida? Sinceramente yo creo que ambos tienen parte de responsabilidad. Por un lado ella solo pedía y pedía y Miguel le daba y daba. Pero nadie le obligó a hacerlo, decidió ir cediendo por miedo a decir que no y que le dejaran. Se fue convirtiendo en otra persona que no tenía absolutamente nada que ver con él hasta el punto de que ahora que ella no está, él no sabe ni quien es. Pero él fue el que tomó esa decisión de ceder cada vez que ella pedía algo.

Si alguien no para de pedir que seas otra persona, no te quiere para nada tal y como eres ¿entonces de qué te sirve estar con esa persona? Esa relación será perjudicial para los dos.

Entre otras cosas, la parte que pide nunca va a estar satisfecha y la parte que da deja de ser quien era. La relación será como un agujero negro que no para de absorber y anular todo lo que tiene alrededor. El día que la gente comprenda que en una relación también hay que saber decir que no y que no hay que renunciar a quien eres por estar con alguien, habremos evolucionado bastante.

Por supuesto que en toda relación que se empieza hay un período de adaptación. Cada uno tenía su propia vida y ahora estás dos vidas se juntan para crear una nueva y se harán cambios. Pero eso no tiene nada que ver con dejar de ser uno mismo y dejar todo lo que se tenía antes de lado, no os confundáis.

También me pregunto, si Adriana continuamente le iba haciendo “ajustes” ya desde el principio ¿Qué coño le había atraído de Miguel en un principio?

Una vez lo comenté con una amiga, y me dijo que cuando ella empezó a salir con su chico había cosas que le gustaba y otras que no. Ella entendía que no podías encontrar al chico perfecto porque eso no existe.

—Tienes que ir moldeándolo durante la relación para que corrija esos defectos.

Queremos que nos acepten tal y como somos, pero se nos olvida a veces que tenemos que aceptar a los demás tal y como son también. Y si no nos gustan, la solución no es cambiarles. Sino aceptarlos o por el contrario no estar con ellos.

This Post Has 4 Comments

  1. Poli Impelli

    ¡Y tanto!
    Pasa que las mujeres traemos una “falla de fábrica”: pretendemos cambiar a quien elegimos, como si ese ser humano no tuviera su propia individualidad y deseos personales, aunque no tengan que ver con los nuestros. Nada más nefasto – para ambos – que la anulación del ser.
    Abrazo transoceánico 😉

  2. Elena

    Estoy totalmente de acuerdo contigo. Cuando se comienza una relación se tiene que hacer pequeño cambios, pero es una decisión individual el realizarlos.
    Por el contrario, también creo que no hay nadie perfecto. Pero eso me lleva a pensar que cada persona tiene que estar con alguien del que se enamore tanto de sus virtudes como de sus defectos.

    Saludos!

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