Señales de amor

¿Qué es eso? ¿Un pájaro? ¿Un avión? ¡No, es una señal de amor!

Estaba con mis amigos por Madrid y nos metimos en un centro comercial. Cuando llegamos a la librería me detuve a ojear un poco algunos de los libros.

Fue solo un segundo, pero desde el primer momento me cautivó su portada. Lo cogí y miré la sinopsis, parecía que la cosa prometía y que iba a ser una historia apasionante. Me enamoré allí mismo de aquel libro. Me pareció una casualidad tremenda que justo aquel día, que yo no tenía pensado comprarme nada, apareciera de repente ante mis ojos. Estaba claro que el destino nos había unido y que íbamos a pasar muy buenos ratos juntos.

Al final, tras tres o cuatro cafés de media tarde, lo terminé y descubrí que el libro no era para nada lo que me había imaginado y que no me gustaba en absoluto. Ya desde el primer capítulo empecé a ver que las señales que había sentido no tenían nada que ver con la realidad. Aún así, no lo dejé. En los momentos bajos recordaba aquel primer encuentro cuando lo vi por primera vez. Aquella vez sentí algo muy especial, eso tenía que significar algo ¿no?

Creía que ese sentimiento tenía que durar todo el tiempo que estuviéramos juntos. Pero no, resulta que esas señales, que noté a primera vista, eran algo que no tenía nada que ver con el desarrollo de la historia.

Esto lo he visto también con las personas. Os voy a contar tres pequeñas historias.

Fernando iba todos los días a la biblioteca porque se estaba preparando un año más las oposiciones a maestro. Ya era la cuarta vez que se presentaba y en esta ocasión, a sus 32 años, quería conseguir una buena nota o incluso la plaza. Era alguien que iba todos los días a la misma hora y se sentaba en el mismo sitio. Igual que Carolina.

Fue un martes cuando ella llegó en el mismo momento que Fer, y se colocó frente a él. Luego, justo cuando Fer se levantó para hacer el descanso, ella también lo hizo. ¡Y además se tomaron el mismo tiempo! Por último, los dos se marcharon de la biblioteca a la misma hora. Esto ocurrió durante tres días.

Mi amigo Fer pensó que eso tenía que significar algo. Ella no le atraía mucho físicamente, pero aún así, pensó que quizá podría ser el amor de su vida. Era demasiada casualidad lo que estaba pasando y no iba a dejar pasar la oportunidad porque no sintiera nada. Así que un día, en un descanso, decidió hablarla.

Tuvieron una charla tan animada que incluso se pasaron de la hora que tenían establecida para el descanso. Mi amigo descubrió que se llamaba Carolina y era estudiante de medicina, y además, coincidían en los mismos gustos de música.

Ese día Fer pensó que habían conectado y esperaba volver a encontrársela al día siguiente. Así fue, pero ella se sentó en otro sitio. Saludó con un gesto de cabeza a Fer y no volvió a hablar con él. Incluso se empezó a tomar el descanso en un horario diferente.

¿Fue por qué mi colega le habló? Quien sabe, lo que está claro es que Carolina no estaba interesada en mi amigo. No había visto las mismas señales y su mente estaba centrada en otras cosas.

Por otro lado, Dani se encontró con Pamela en clase de natación, ¡qué casualidad! Eran compañeros de trabajo y sin decirse nada iban a la misma clase. ¡Qué bien que compartieran aficiones! No había duda de que era una señal que indicaba que ella era el amor de su vida. Además, ambos tenían 30 años y sus cumpleaños eran en el mismo mes. Todo este cúmulo de casualidades animó a Dani a fijarse más en Pamela.

A las pocas semanas, él la propuso tomarse un café después de natación. Lo pasaron muy bien y repitieron durante un mes más o menos. Se liaron y empezaron a salir.

Cuando contaban cómo se conocieron él, siempre, señalaba que le gustó mucho la casualidad de que fueran juntos a clase, porque, las parejas de verdad tenían que compartir todas las aficiones.

Ella, en cambio, recordaba su primer día en la oficina. Él se prestó a enseñarle todo el lugar y fue muy amable. Aquel gesto de compañerismo le hizo sentir bien y desde el primer momento miró a Dani desde una perspectiva diferente. En su anterior trabajo la gente era maleducada y había mucha competitividad, por lo que, no tenían un buen ambiente en la oficina.

Más tarde le confesó que lo de la piscina no fue casualidad. Ella se enteró donde iba y se apuntó para coincidir con él, pero que realmente la natación le era indiferente.

Cinco meses más tarde, lo dejaron. Resulta que nadaban bien juntos pero no funcionaban como pareja.

Mi amiga Sandra también es una cazadora de señales. Le quedaba una semana para cumplir los 30 y estaba muy nerviosa porque se le estaba acabando el límite para encontrar al amor de su vida. Así que continuamente buscaba la señal que le llevase hasta “él”. Y vaya si le encontró. Fue totalmente de película.

Iba andando por la calle y se le cayó un pañuelo. Ella no se había dado cuenta, pero una mano fuerte y segura le tocó el hombro. Se dio la vuelta y allí estaba un morenazo impresionante. Sus miradas se cruzaron y sus dedos se rozaron cuando se lo pasaba . Ella nunca desaprovecha ninguna oportunidad, así que le dijo que le invitaba a tomar algo por haberle salvado el pañuelo. Él se rió amablemente, le contestó que no podía y se marchó. Ella le siguió con la mirada, segura de que se iba a dar la vuelta y regresaría. Él continuó andando hasta su mujer y su hijo que estaban a unos metros esperándole.

No paramos de buscar señales que nos indiquen que hemos encontrado a esa persona especial y que está echa para nosotros. Confundimos casualidades con “señales” que van dirigidas a nosotros.

Lo peor es que estamos a la espera de estas señales, porque, de verdad creemos que hay alguien en el mundo que existe única y exclusivamente para nuestra felicidad. Estamos seguros de que sí o sí la vamos a encontrar antes o después, todo es cuestión de estar atento.

Pero no solo eso, también resulta, que el día que la conozcamos tiene que ser un momento especial. Y si de paso hay fuegos artificiales, aunque sea en nuestra cabeza, pues mejor.

Y claro, eso puede darse o no. Estamos tan empeñados en esta búsqueda que nos forzamos a querer sentir cosas por alguien que no nos atrae desde un principio. O incluso continuar con una relación con la que no estamos satisfechos, tan solo, porque el primer día que nos conocimos fue “especial”.

Mi colega Fer, después de no volver a saber nada de Carolina, me dijo que no era cierto lo que digo. Pedro y Virginia se habían conocido de una manera muy romántica. Ellos ya iban por el quinto año juntos y estaban a la espera de la llegada de su primer hijo.

Como nos molan las excepciones. Nos encanta aferrarnos a ellas para creer que nosotros algún día seremos parte de una. Pero a las excepciones se las llama así por algo, porque son cosas que no ocurren normalmente.

Aunque estoy seguro de que la felicidad de Pedro y Virginia va más allá de que se conocieran en la cola de la panadería y él se ofreciera a dejarla la última barra a ella porque ya no quedaban más.

Sinceramente me resulta extraño que cinco años de relación estable se fundamenten en un trozo de masa de harina horneado. Les conozco desde hace mucho tiempo y han pasado por buenos y malos momentos, pero ninguno fue resuelto porque recordaran que una barra de pan les unió. Los que se unieron fueron ellos y sus sentimientos. Ellos fueron los que tomaron las decisiones dentro de su relación y estas decisiones dieron como resultado que su amor siga existiendo.

Todas las relaciones empiezan con un acontecimiento. Tanto las que acaban en algún momento, como las que duran toda la vida. El que la relación vaya a más tiene que ver con las dos personas que la componen, no con una situación, casual y subjetiva, a la que le queramos dar más importancia de la que tiene realmente.

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