Le escribo, no le escribo, le escribo…

Quique tenía una costumbre un poco peculiar. Cuando se cogía un libro nuevo se leía la sinopsis y si le interesaba se leía el último capítulo. Decía que no quería perder el tiempo para que luego el final no le gustase. Si no era de su agrado soltaba el libro y buscaba otro.

No hacía lo mismo con las películas porque un par de horas no le parecía mucho tiempo para ver si la historia le gustaba o no. Aunque muchas veces, al salir del cine y no haber vivido un final feliz, decía que sería la última vez que invertía su dinero y tiempo en conocer una historia que podría no gustarle.

Ayer se encontró en una situación parecida. Mientras esperaba el metro estaba pensando en María. Acababa de salir de la casa de ella tras pasar la noche juntos. Se habían conocido apenas siete horas antes y en ese tiempo se habían acostado y pasado los teléfonos, no sabían nada más uno del otro. Sentado en el banco de piedra del metro notaba una sensación agradable en su interior. Lo poco que había conocido de María le había gustado, al igual que la portada y la sinopsis que viene en las tapas de un libro que hubiera hojeado en una librería. Tenía ganas de seguir viendo cómo se desarrollaba la historia, saber qué podría pasar en la siguiente página y el siguiente capítulo y comprobar si aquello merecería la pena. Pero no había forma de saberlo. No tenía ninguna manera de saber lo que podría ocurrir y notó cómo su estómago se encogía.

Empezó a pensar que aunque lo había pasado bien esa noche no significaba nada, no determinaba nada. Ya había empezado más de una historia así y al final fue desastroso y siempre había sentido que había perdido el tiempo. En ocasiones, ese tiempo había sido de años y aún se le agarrotaban los músculos con tan solo pensar en esos años.  Aquellas historias no tuvieron un final feliz y si lo hubiera sabido pues se hubiera ahorrado ese tiempo porque podría haberlo gastado en buscar a otra persona con la que tener ese final feliz. Se sentía cabreado porque no podía recuperar el tiempo que estuvo en esas relaciones. Por muchas vueltas que le daba no entendía para qué le sirvió tanta dedicación de sueños y planes de futuro si el final siempre era el mismo. Al igual que con los libros, siempre decía: No vale la pena nada si va a acabar siendo desastroso. Cuando esto le ocurría se sentía engañado por todo y no entendía nada del por qué estaba pasando eso.

A su mente llegaron algunos buenos momentos de esas relaciones, como la primera vez que visitó Florencia con una ex novia. Era la primera vez que visitaba el país y lo pasaron muy bien, allí se prometieron que viajarían juntos por todo el mundo el resto de sus vidas. Esa relación se acabó y ahora no puede ni oír un comentario sobre Florencia o incluso de Italia misma. –probablemente solo con leer estas palabras ya le den náuseas-. Dice que la ruptura fue muy traumática y que no puede hacer nada por ello, así que todo lo relacionado con ese país en forma de bota está vetado.

¿De qué le servía vivir momentos buenos durante la relación si al final todo se desvanecía?

La megafonía avisó de que el próximo tren se acercaba. Quizá con María podría llegar a ser diferente, quien sabe. Por un momento pensó en eso. Ella le había gustado desde el principio. Quería conocerla más, pero no tenía manera de saber lo que podría ocurrir después y ya no pensaba probar nada sin saber si le esperaba un final feliz. Se dijo que no va a volver a perder el tiempo, que tiene ya treinta años y que si de verdad fuera a ser ella la definitiva lo sabría y lo sentiría. Aunque bueno, eso también lo había sentido alguna vez más y luego pasó que el final fue igual de desastroso. Si lo hubiera sabido no habría hecho nada las otras veces, seguro que estaría mucho mejor, no tan jodido como ahora. Le daba igual todo lo que había vivido y sentido unas horas antes. Pensó:

<< ¿De qué sirve todo eso si al final todo se acaba? Que haya un buen comienzo no significa que vaya a haber un buen final.>>

En ese momento estaba seguro de que los finales buenos ya no existían ni en los libros, últimamente se llevaban los finales tristes.

El metro llegó y las puertas se abrieron. Sacó el móvil y buscó el teléfono de María. Sonó el pitido que marcaba que las puertas se cerraban. Seleccionó el teléfono en la agenda y bloqueó el número antes de borrarlo, así se aseguraba de cortar de manera tajante. El metro se marchó dejándolo en el andén y él se sintió frustrado por seguir esperando en el mismo sitio sin poder moverse hasta que pasara el siguiente.

En ese momento, en otro banco de piedra, pero en el andén de enfrente se encontraba Rubén. El tenía la misma edad que Quique y había tenido una situación parecida. Dos días antes había conocido a Sonia, aquella noche también se habían acostado y dado los teléfonos. Todavía ninguno había enviado un primer mensaje, y al igual que Quique, él estaba dudando también. Se parecían en algunas cosas, pero, en cambio, si a Rubén le gustaba un libro por la portada se ponía a leerlo a ver qué pasaba sin pensar en el final. Pero si no le gustaba la historia no tenía ningún problema en dejarlo y buscar otra más interesante. Si no se sentía motivado por la historia que estuviera viviendo no veía ningún inconveniente en cortar con ella. Más de una vez le había parecido que prometía, pero resulta que a medida que se iba desarrollando no le interesaba en absoluto. Él pensaba que no hacía falta engancharse a las cosas que no le interesan solo por el hecho de haber empezado. Nunca tenía ni idea de lo que iba a pasar y la única manera de saberlo era si lo vivía. Una vez que lo fuera descubriendo podría volver a decidir si continuaba o no, porque no creía que tuviera que mantener algo que ha dejado de gustarle, ni que por haber decidido algo un día no pueda cambiar de parecer otro día. Así de sencillo. Durante ese tiempo habría vivido cosas y eso es lo que le importaba.

Algunas serían buenas, otras malas, y sobre todo muchas grises. Eso es  lo bonito porque todas ellas forman parte de la vida, no solo las buenas. El no creía que el mundo se acabara solo porque una historia no terminase como a uno le gustaría. Ni por una ni por cientos.

Al igual que Quique, él también había tenido un par de relaciones que habían durado años. Ambas se acabaron sin que él quisiera. Fueron ellas las que decidieron cerrar el libro y dejarlo en la estantería. Como es normal lo pasó mal y se tomó su tiempo para recuperarse. Durante esas relaciones existieron muchos capítulos, buenos y malos, y los repasó varias veces hasta que hubo un momento en el que él también cerró el libro y lo archivó en su biblioteca personal. Eso fue lo que vivió en ese momento y ahora lo que quería era vivir su presente.

La megafonía avisó de que el próximo tren se acercaba.

Quería volver a ver a Sonia. No tenía ni idea de lo que podría pasar. La otra noche estuvo muy bien y sabía de sobra que un buen principio no significa un final feliz. Pero, ¿qué importa si al final no sale bien? En ese momento paró  de pensar. Se estaba complicando demasiado, seguía teniendo un buen sabor de boca de la última noche y le apetecía volver a verla. No tenía sentido pensar como si estuviera tomando la decisión de empezar algo con alguien para el resto de su vida, solo estaba tomando la decisión de volver a ver a alguien otro día, así de sencillo. Se empezó a reír de sí mismo:

<<Ni que estuviera tomando una decisión de vida o muerte. Simplemente me apetece volver a verla. Si me interesa bien, y sino también. No hay ninguna obligación de estar con alguien que no quiera.>>

El aviso de que el tren cerraba las puertas lo trajo al presente, pero ya era tarde y el metro se marchó sin él.

<<Bueno, no tengo prisa, será por trenes. Y si no, me voy en bus que no es la única forma de llegar.>>

Escribió a Sonia para preguntarle si quería volver a quedar. Se subió en el siguiente tren y continuó leyendo el libro que acababa de empezar.

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