El bollito de la rubia. 2ºParte

La primera parte aquí: El bollito de la rubia. 1º parte

-¿Qué va a tomar?

-Eh… Ayer de casualidad me fijé en tus bollos y me he dicho ¿por qué no me acerco hoy y le cojo uno? ¿Cuál de estos que tienes delante está más rico?

-El de la derecha creo que es el que mejor sabe.

-Pues ponme dos. Pero no me los des ahora. Te los cojo después, cuando termines el turno.

-Que gracioso, me has caído bien. Salgo a las 6.

-Aquí estaré.

Y se marchó de allí triunfante.

Bueno, esto es lo que pasó por su cabeza. Lo que realmente ocurrió fue: Él se acercó hacía la mini cafetería, mosqueado por no haberla visto cuando subía las escaleras, llegó hasta la cola y se empezó a impacientar demasiado cuando veía que aquello no estaba yendo como él tenía pensado.

Puso la música en pause porque veía que se iba a terminar antes de que le tocara. Su enfado aumentó porque la cola no avanzaba y se le estaba haciendo tarde para ir a trabajar. Entonces, por último, cuando le tocó el turno y ella le preguntó:

-¿Qué va a tomar?

Sus ojos se volvieron a cruzar con aquellos verdes y no pasó nada más. Él había esperado encontrar algo, un reconocimiento o un gesto que le dijera que ella también había estado todo el fin de semana esperando ese momento, pero no encontró nada. Solo indiferencia.

-Eh… un café con leche para llevar.

Recogió su pedido y se alejó entre confuso y enfadado. No le había salido nada cómo se había imaginado.

Se metió en el metro pensando que algo había fallado, ¿pero el qué? Tenía claro que lo que le pasó el viernes fue un momento increíble y seguro que ella también habría notado la tensión que hubo en el ambiente cuando se miraron. Pero… ¿Por qué no se había acordado?Empezó a pensar posibles motivos:

«A pesar de la tensión había mucha gente y a lo mejor no se dio cuenta de que fue conmigo».

«Tal vez ahora estaba muy ocupada, era plena hora punta del metro y tampoco podía ponerse a hablar».

«Seguro que sí se acordaba, pero le ha pillado por sorpresa que yo apareciera, así de repente, y no ha tenido tiempo de reaccionar».

«En realidad no ha sido como el otro día. La canción no ha sonado en el momento justo y yo no tenía puestos los auriculares. No solo ha sido eso, tampoco nuestras miradas se han encontrado cuando estaba subiendo las escaleras. Ahí fue donde empezó todo el viernes pasado y hoy no pasó de esa manera. Hoy no ha sido el momento adecuado».

Llegó a la conclusión de que tenía que suceder una situación igual de perfecta y mágica, como la primera vez que la vio, para volver a hablar con ella. Estaba convencido de que así es como comenzaban las historias de amor verdadero.

A partir de entonces empezó una rutina basada en que él subía las escaleras mecánicas y se ponía a escuchar la misma canción. Esperaba que sus miradas se cruzaran en el momento que divisara el piso superior. Igual que la primera vez.

Día tras días lo estuvo intentando pero nada. A veces había tanta gente delante que no llegaba ni a verla, en otras no miraba hacia donde él estaba. Alguna ocasión pareció que sí, pero no tenía ningún bollito en la mano, así que tampoco valía.

Daba igual las veces que lo intentara, nunca creía que fuera el momento ideal y perfecto para ponerse a hablar con ella.

Cuando le contó su situación “amorosa” a algunos de sus amigos. Varios de ellos le dijeron que sí le gustaba tanto tenía que probar a hablar con ella aunque la situación no fuera exactamente igual. Que eso era imposible.

-Te estas haciendo demasiadas ilusiones y no sabes nada de ella. Imagínate que le van las tías.

-Exacto. A lo mejor luego no es como te imaginas y es una gilipollas. Empieza a hablar con ella y conócela antes de seguir haciéndote ilusiones.

-Vosotros no lo entendéis. Ese momento fue increíble y esas cosas no pasan por casualidad. No me hace falta saber nada de ella. Hace mucho tiempo que no siento algo así por alguien y cuando hable con ella tiene que ser perfecto. Vale la pena esperar que llegue.

Siguiendo sus razonamientos de lógica pura se pasó las siguientes semanas haciendo lo mismo, pero con un añadido. Estaba tan seguro de que el momento llegaría antes o después, que durante sus viajes en el metro se ponía a pensar cómo sería su vida con ella.

Se imaginaba comiendo sus bollitos todos los días. Aún no había probado ninguno, pero estaba seguro de que eran muy sabrosos y tiernos. Le gustaba la idea de disfrutar ese momento junto a ella cada mañana al despertarse. Sería su pequeña tradición antes de que se fueran a trabajar.

Para él ya estaba siendo la historia más bonita del mundo. Se sentía como un admirador secreto que observaba a su amada en la distancia. Se moría de ganas de contarle todo eso a ella. Estaba seguro de que le parecería muy romántico, pero aún no era el momento. Lo estaba empezando a pasar un poco mal, pero eso le parecía aún mejor. Pensaba firmemente que en el amor cuanto más se sufre, más verdadero es.

Y así pasó el tiempo hasta que algo sucedió. Parecía un día como otro cualquiera, la música habitual estaba a tope en sus oídos y se imaginaba contando a sus hijos y nietos la historia de cómo conoció a su amor. La escalera iba subiendo, al divisar el final del pasillo se encontró con la espalda de un hombre que pedía un café. Como siempre, continuó mirando hacia la barra. Podría ser el día en el que sus ojos se encontraran de nuevo.

Entonces, antes de que las escaleras terminaran, el cliente pagó y se fue dejando vía libre a unos ojos ¿marrones?

Sí. Eran unos ojos marrones y además de hombre. ¿Dónde estaba la rubia?

Continúa en: El bollito de la rubia. 3ºParte

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