El bollito de la rubia. 1º Parte

Él había empezado un nuevo trabajo hacía apenas una semana, así que esos días anteriores los estaba usando para ubicarse. Tenía que coger una combinación de metro diferente a la habitual y hacer transbordo.

Era una situación nueva para él y eso siempre le ponía un poco nervioso. Había encontrado aquel trabajo por casualidad, pero desde el primer momento vio muchas expectativas en ello. Iba a esforzarse todo lo posible para que funcionara.

Fue el viernes cuando ya consideró que se sabía el extenso camino que tenía que hacer por la estación de metro de Madrid. Así que fue más relajado y se llevó música para hacer más llevadero el viaje.

Siempre lo ponía en modo aleatorio porque así nunca sabía cuál era la siguiente canción que iba a sonar. Cuando el vagón estaba parándose en la estación donde tenía que hacer el transbordo, empezó a sonar una canción que le gustaba mucho. No tenía ni idea, pero a partir de ese día, aquella música, iba a ser muy importante para él. Se subió en las escaleras mecánicas inconsciente de lo que estaba a punto de suceder. Cuando estaban llegando a su fin, empezó a divisar el horizonte de la planta de arriba, y todo empezó.

Levantó la vista del suelo y sonó el acorde exacto acompañado del golpe de ritmo adecuado. Allí estaba, con sus ojos verdes, su melena rubia y el bollito en la mano a punto de servírselo a un cliente. En ese preciso instante, cuando iba a darle aquel dulce a otra persona, los ojos de ella miraron para otro lado y se encontraron con los de él.

¡Justo en el clímax de la canción! ¡No podía creérselo! ¡Todo sucedía en sincronía y armonía con la música! ¡Eso tenía que significar algo!

Fue tan solo un segundo, lo que mucha gente podría definir como un cruce de miradas casual, pero él no creía en las casualidades, sino que todo pasaba por algo.

«¡Cientos de personas están pasando por la estación y ella se ha fijado en mí, yo que soy tan normalito y ella es tan guapa!, además, las miradas han coincidido justo en el momento perfecto de la canción, ¿quién dijo que la vida real no tiene banda sonora?» Se decía mientras su película continuaba en marcha.

Con la canción aún en sus oídos, y como si estuviera haciendo una panorámica con una cámara de cine, continuó andando a la vez que la miraba. Era un momento ideal. La gente se cruzaba por su visión como si fueran figurantes cuyo propósito se tratara de decorar la escena que, había sido magistralmente preparada para que ellos dos se encontraran aquel día y en aquel momento en particular. Incluso le pareció ver que todo sucedía a cámara lenta mientras la canción estaba en todo su apogeo arropándoles con su sonido.

El universo lo había orquestado todo para que ese evento sucediera, eso estaba más claro que el agua y no dejaba lugar a dudas a nadie.

Siguió observando hasta que la imagen de la rubia, bollito en mano, se perdió al sobrepasar la cafetería en la que ella trabajaba.

Bueno, no era una cafetería exactamente. Era un pequeño habitáculo de poco más de un metro cuadrado en un lado del pasillo del metro. El lugar estaba compuesto por una cafetera, un horno y rodeado de mostradores para los productos.

Ya no la veía, pero la imagen de ella y el aroma dulzón de sus bollos continuaron en su cabeza cuando se metió en el vagón de metro. Su recuerdo permaneció vivo el resto del día y fue incapaz de hacer cualquier cosa concentrado. Incluso sus nuevos compañeros le dijeron que lo notaban raro y distraído.

Él se excusaba diciendo que no era nada, pero en su interior sabía que algo había ocurrido: Se había enamorado.

Al terminar la jornada, recogió muy rápido y se marchó. Tenía que coger el mismo trayecto para volver a casa y no podía esperar más a ver a la rubia. Los minutos se le hicieron eternos hasta que llegó a la parada donde tenía que hacer el cambio de línea.

Giró la esquina, entró en el ancho pasillo y miró a la cafetería. ¡Ya no estaba!

«¡Mierda, mierda!»

Por un momento se asustó y creyó que había perdido la oportunidad de conocer al amor de su vida. Aquella mañana había sido todo perfecto para que hubieran hablado y ahora ya estaba todo perdido. Sintió que el mundo se hundía bajo sus pies.

Empezó a andar muy lento hacia las escaleras mecánicas para ir al piso de abajo. Su ánimo, al igual que éstas, descendía sin parar. Ya no iba a paso ligero, sino lento y pesado. Perdió incluso el metro, pero no le importó, ya nada le importaba.

¿Se la volvería a encontrar?

La respuesta llegó a su cabeza como si lo hubiera soplado alguien externo a él.

«Seguro que su turno ha terminado antes y mañana volverá a estar allí».

Pero al día siguiente era sábado y él no tenía que ir a trabajar. No importaba, seguro que el lunes estaría allí de nuevo. Volvió a alegrarse porque se le estaba dando una oportunidad. No sabía quién exactamente, pero esa persona que se encarga de dar las oportunidades a la gente, le estaba concediendo una segunda para remendar el fallo de aquella mañana e iba a aprovecharla.

Fue el fin de semana más largo de su vida. Se pasó el tiempo imaginando y ensayando la situación. Era un plan perfecto. Iría allí con la misma canción del viernes, sus ojos volverían a encontrar y entonces le pediría uno de sus bollitos más tiernos, acompañado de alguna frase ingeniosa que la dejaría colgada de él.

Algo que seguro que ya estaba, porque era evidente que ella también había sentido la misma tensión que él durante su cruce de miradas.

La noche no fue muy buena, estaba tan nervioso que apenas pudo pegar ojo. Aún así se levantó media hora antes. Quería dar margen a la conversación que tendría lugar en un rato. No iba a ir con prisas la primera vez que fuera a hablar con la mujer de su vida.

Solo quedaba una parada cuando la canción que escuchaba terminó. Cerró los ojos esperando a que sonara la misma del viernes, pero la función de aleatorio no estaba por la labor y puso otra diferente.

Volvió a darle y sonó otra distinta, tampoco fue la que buscaba. Así que le dio una y otra vez hasta que apareció la misma de la ocasión anterior. Para cuando la encontró las puertas estaba dando la señal de cerrarse y tuvo que saltar prácticamente desde el asiento para no pasarse de parada.

Giró una esquina, la siguiente, las escaleras mecánicas una vez más y aquel temazo sonando a pleno volumen en sus oídos. ¡Ya podía oler los bollitos de la rubia! Cerró los ojos y se imagino comiéndoselos mientras se miraban a los ojos.

Volvió a abrirlos para encontrarse con su mirada, pero lo que vio fue la espalda ancha de un tío con camisa que estaba pidiéndolé a la rubia y no le permitía verla ni a ella ni a sus dulces.

Se acercó a la cola. Había un par de personas delante que parecía que no tenían ninguna prisa.

Miró su reloj. Se le estaba empezando a hacer tarde, el metro que había cogido antes se había parado, inesperadamente, durante un buen rato. Apenas tendría unos minutos para hablar. La cola no parecía que avanzara pero, en cambio, el tiempo parecía que iba acelerado.

Por fin la persona que estaba delante se marchó y se encontró cara a cara con la rubia.

¡Había llegado su momento!

«¡Oh dios mío! ¡De cerca es aún más guapa!”

-¿Qué va a tomar?

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